
Temperamento
El temperamento es la base innata de la personalidad: nuestra forma de reaccionar emocionalmente y de regular esa reacción desde la infancia.
El temperamento es la base biológica y emocional de la personalidad: el conjunto de diferencias individuales, en gran parte innatas, en la forma de reaccionar emocionalmente, de activarse y de regular esa reactividad. Se observa desde los primeros meses de vida, tiene un fuerte componente hereditario y se modela con la experiencia hasta dar lugar a la personalidad adulta.
¿Qué es el temperamento?
La palabra procede del latín temperamentum, «mezcla en la debida proporción», porque los antiguos creían que el carácter de una persona dependía de la mezcla de sus humores corporales. En la psicología actual, la investigadora Mary Rothbart lo define como las diferencias individuales constitucionales en reactividad y autorregulación: la reactividad se refiere a la respuesta emocional y motora ante los estímulos, y la autorregulación, a los procesos (como la atención o el control inhibitorio) que modulan esa respuesta.
Algunos ejemplos: un bebé que se sobresalta ante cualquier ruido y llora con facilidad frente a otro que se mantiene tranquilo; un niño que se acerca sin miedo a desconocidos frente a otro que se muestra retraído ante lo nuevo.
Temperamento, carácter y personalidad
Los tres conceptos se solapan, pero no son sinónimos:
- Temperamento: es la dimensión innata y biológica, estable y presente desde la infancia.
- Carácter: es lo que se va forjando con la educación, los valores, las decisiones y la experiencia.
- Personalidad: es la organización global resultante de temperamento, carácter y circunstancias, que da coherencia a la forma de ser de cada persona.
El temperamento aporta la «materia prima» y el entorno la modela. Un niño de temperamento inhibido puede aprender a desenvolverse en sociedad, aunque probablemente seguirá teniendo cierta tendencia a la prudencia.
Los cuatro temperamentos clásicos
La tipología más antigua se atribuye a la medicina griega. Hipócrates (siglo V a. C.) propuso que la salud dependía del equilibrio de cuatro humores, y Galeno (siglo II) asoció el predominio de cada uno con un temperamento:
- Sanguíneo (sangre): sociable, optimista, activo y expresivo; puede ser inconstante.
- Colérico (bilis amarilla): enérgico, decidido y dominante; tiende a la irascibilidad.
- Melancólico (bilis negra): sensible, reflexivo y perfeccionista; propenso a la melancolía.
- Flemático (flema): calmado, paciente y estable; a veces poco emprendedor.
Esta teoría humoral carece de base científica en lo fisiológico, pero su clasificación influyó durante siglos y fue retomada por autores como Kant, Wundt y Pavlov, quien relacionó las cuatro categorías con rasgos de la actividad nerviosa. Hoy se usa como un recurso descriptivo y cultural, no como diagnóstico.
Modelos científicos actuales
Thomas y Chess
Alexander Thomas y Stella Chess iniciaron en 1956 el New York Longitudinal Study, un seguimiento de niños desde el nacimiento. Identificaron nueve dimensiones (nivel de actividad, ritmicidad, aproximación o retirada, adaptabilidad, umbral de respuesta, intensidad, estado de ánimo, distractibilidad y persistencia) y tres perfiles: niño «fácil», niño «difícil» y niño «lento para entrar en calor». Subrayaron el concepto de bondad de ajuste: lo importante es cuánto encaja el temperamento del niño con las demandas de su entorno.
Rothbart
Rothbart propuso tres grandes dimensiones: afectividad negativa, extraversión-sociabilidad y control con esfuerzo (autorregulación), que se afianza con la edad.
Eysenck y Kagan
Hans Eysenck vinculó las dimensiones de extraversión y neuroticismo con los cuatro temperamentos clásicos, de modo que el colérico sería extravertido e inestable, y el flemático, introvertido y estable. Jerome Kagan estudió la inhibición conductual: niños con una respuesta fisiológica elevada ante lo desconocido, que se asocia con mayor timidez y riesgo de ansiedad social. Esto conecta con las nociones de extrovertido e introvertido.
¿Qué determina el temperamento?
- Genética: los estudios con gemelos atribuyen al factor hereditario una parte importante de las diferencias temperamentales.
- Biología prenatal y neurobiología: influyen el sistema límbico, el sistema nervioso autónomo y los neurotransmisores.
- Ambiente: la crianza, el apego y las experiencias moldean cómo se expresa el temperamento. Los efectos no son unidireccionales: el temperamento del niño también influye en cómo responden sus cuidadores.
Importancia del temperamento
Conocer el temperamento ayuda en la educación y la crianza, porque permite adaptar las expectativas y el trato a cada niño en lugar de compararlos. También sirve para comprender las propias reacciones en la vida adulta, elegir entornos de trabajo adecuados y mejorar la gestión de las emociones. Ningún temperamento es «bueno» o «malo»: cada uno tiene fortalezas y vulnerabilidades. Si las dificultades emocionales de un niño o un adulto son intensas o persisten, conviene consultar con un psicólogo infantil o clínico. Para ubicar este concepto en un marco más amplio puedes ver las teorías de la personalidad.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el temperamento en psicología?
¿Cuál es la diferencia entre temperamento y carácter?
¿Cuáles son los cuatro temperamentos?
¿Se puede cambiar el temperamento?
¿Qué es el niño «difícil» según Thomas y Chess?
Referencias
- Thomas, A. y Chess, S. (1977). Temperament and Development. Brunner/Mazel.
- Rothbart, M. K. (2011). Becoming Who We Are: Temperament and Personality in Development. Guilford Press.
- Eysenck, H. J. (1967). The Biological Basis of Personality. Charles C. Thomas.
Cómo citar este artículo
Equipo de Conceptualia. (2026). «Temperamento». Conceptualia. https://conceptualia.es/ser-humano/psicologia/temperamento/

















